Y así, la pequeña niña de ojos púrpura se fue a vivir en una casa pequeña con sus padres, en una zona privilegiada. Desde pequeña, sus padres la adoraron; la vestían con atuendos lindos y coloridos, para entonces un mechón plateado ya habitaba su cabeza. Ese mechón fue cortado con sumo cuidado, y dió paso a más cabello que crecía como el pasto, hasta que su pequeña cabeza quedó completamente cubierta de finos cabellos azul-plateado.
Parecía, desde tan corta edad, interesarse mucho en el mundo a su alrededor; mantenía los ojos muy abiertos a donde quiera que la cargaran, observaba las caras de las personas nuevas, con frecuencia miraba al cielo, le gustaba escuchar música tranquila cuando dormía, se entretenía fácilmente y reía mucho. Su padre la llenaba de besos, y su madre, de cuidados.
Era una bebé muy tranquila.
Emma dió sus primeros pasos prematuramente, tenía juguetes y peluches, pero desde pequeña su favorito fue un pequeño pegaso blanco de peluche, un regalo de su primer año; el peluche venía en una caja morada, sin etiqueta. Estaba en la mesa de regalos junto a los otros, pero los padres de Emma nunca supieron quién lo dejó ahí; suponieron que habría sido de un familiar que no había podido quedarse y se lo dieron a la pequeña.
Desde entonces, Emma llevó al pegaso a dormir cada noche en su cama, jugaba con él y lo cargaba cuando caminaba por la casa.
Su primera palabra, a cuenta de que su padre le leía constantemente sobre las constelaciones, fue "estrella". Ambos padres estaban presentes cuando la dijo, y después de la sorpresa inicial, una momentánea desilusión se hizo visible en sus caras; esperaban que como todo niño, su primera palabra fuera "mamá" o "papá". Pero Emma no era como cualquier niño, ella era especial, había nacido literalmente para ser especial; y el doctor que miraba la escena desenvolviéndose detrás de una pantalla lo sabía.
Aún así, sus padres tomaron muy gratamente la palabra de los labios de la personita a la que amaban más, los ojos de ambos se llenaron de orgullo y su padre la levantó instantanemente de la silla en la que estaba sentada, alzandola en brazos hasta el punto mas alto en que podían extenderse, hasta que la pequeña niña casi rozaba el techo de la casa, el hombre empezó a dar vueltas mientras la cargaba; en esa posición, en lugar de mostrar miedo, la niña soltó una risa genuina, feliz, una risa pura.
El tiempo pasó y la niña creció, más palabras llenaron su vocabulario, empezando con "mamá" y "papá". Ahora la niña corría por el jardín, jugaba, se ensuciaba, iba a la escuela y convivía con los niños que vivían en las casas cercanas a la suya; aún así, había algo en ella que la hacía brillar de entre los demás pequeños, y no era precisamente su color de cabello o de ojos tan inusual, aunque eso parecía siempre sorprender tanto a los niños como a sus padres.
Era una líder nata, guiando una vez a un grupo de 10 niños a un jardín situado dentro de su escuela, en un área solo accesible para los trabajadores. Los maestros, notando la falta de niños en el salón, emprendieron la búsqueda por sus alumnos, solo para encontrarlos al final del día, jugando y divirtiéndose en aquel jardín.
Emma fue hallada sola, sentada enfrente de lo que parecía ser un conejo durmiente.
"Emma" dijo dulcemente la educadora "ven aqui".
Emma volteó a verla con un par de ojos inundados por lágrimas
"No se mueve" respondió ignorando la petición de la maestra, con una voz a punto de quebrarse
"Oh, cariño" le respondió la maestra, a tiempo que se sentaba junto a ella "estará bien"
"No se mueve!" volvió a decir la niña, gritando en desesperación, un par de lágrimas rodaban por sus mejillas.
Esa fue la primera vez que Emma experimentó la sensación de pérdida.
La educadora la tomó de la mano y la llevó a la puerta del colegio, su madre ya había sido llamada para recogerla y sus cosas ya le habían sido entregadas. La niña seguía mirando hacía atrás, al lugar donde aun yacía el conejo, llorando, preguntándose por que la maestra parecía mostrar ningún interés hacía la pobre criatura. Volteó solo cuando escuchó la voz de su madre, e instantáneamente se impulsó hacía ella, abrazándose a sus piernas, con lágrimas aun surcando su pequeña cara.
Conforme pasaron los años, Emma tuvo que superar que algunos niños la molestaran por su cabello, a algunos otros no parecía molestarles en absoluto; y eso daba a Emma una sensación agradable. Fue desempeñandose en los estudios, siendo creativa, activa y muy curiosa. Sus padres no podían estar más orgullosos, aunque Emma fuera un poco conflictiva a veces. Sus padres contaban con los dedos de las palmas de ambos las veces que habían sido llamados a la escuela por alguna riña, Emma no era ninguna abusiva, pero no se dejaba intimidar.
Sobre todo, Emma creció siendo una niña con gustos muy definidos, le gustaba mirar al cielo, observaba las estrellas tumbada en el jardín, sola o con su padre. Le fascinaban las constelaciones, leía constantemente acerca de las galaxias cercanas y los planetas vecinos, se preguntaba como era que la humanidad había logrado llegar hasta sitios tan remotos. También leía mucho sobre las nubes, las aves, las mariposas... su padre solía decir que Emma tenía la cabeza plantada en el cielo.
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